¿Tartamudez o disfemia?

 

La tartamudez, que toma el nombre técnico de “Disfemia”, es un trastorno del habla caracterizado por signos como repeticiones e interrupciones que interfieren con la fluidez del alegato y que se relaciona tanto con elementos biológicos como psicológicos, en particular la ansiedad.

 

El DSM – IV hace reseña a este trastorno con el vocablo “tartamudeo”. Según este manual diagnóstico la Disfemia es una alteración de la fluidez y de la organización temporal del habla. Ésta se muestra en fenómenos diversos que afectan a estas características del lenguaje hablado.

 

Entre las alteraciones más significativas encontramos prolongaciones y repeticiones de fonemas, cuantiosos bloqueos y pausas en el discurso (incluso dentro de una misma palabra, que se articula de forma dividida), interjecciones y circunloquios que reemplazan palabras problemáticas y un aumento general del nivel de rigidez motora.

 

El DSM – V incluye la nomenclatura “trastorno de la fluidez de inicio en la infancia” a causa de que por lo general los síntomas de la tartamudez empiezan a manifestarse durante la niñez. En muchos casos se limitan a este periodo y desaparecen a medida que el desarrollo progresa.

 

Ambos manuales limitan el diagnóstico de Disfemia a los casos en que los signos no pueden ser atribuidos a déficits de tipo sensorial o motor, a lesiones neurológicas adquiridas o a trastornos mentales y médicos.

 

Los niños preescolares que tartamudean, es decir, en los que el habla presenta diferencias significativas respecto a la “normal falta de fluencia” de estas edades, pueden y deben identificarse lo antes posible, ya que ello puede contribuir a intervenir y minimizar el riesgo de que estos niños desarrollen una tartamudez complicada. Aunque el crecimiento natural juega en muchos casos a favor del desarrollo del habla fluida, en algún caso entre los niños pequeños este trastorno puede ser grave, incluso complicado ya en esta edad, con dificultades en la conducta comunicativa. La intervención precoz, incluyendo el asesoramiento a los padres, y el tratamiento del niño según la necesidad del caso permiten ampliar las posibilidades de solución del problema. Siempre puede y debe reducirse la complicación o agravamiento que este trastorno suele presentar en aquellos casos en que persiste durante la infancia y tiende a cronificarse.

 

Los pediatras, cuidadores de centros infantiles y maestros son un elemento clave en la prevención, enviando a estos niños con riesgo a un experto en el tratamiento de la tartamudez, el Logopeda. Deben saber de buena tinta que no todos estos niños de riesgo tienen la posibilidad de desarrollar la fluidez del habla con habilidad. El consejo de “esperar, porque con el tiempo se le pasará” no se mantiene en el caso de la tartamudez. Cuando se hace un diagnóstico y un pronóstico tempranos, se reducen notablemente las posibilidades de que la tartamudez se haga crónica. Además, si se hace una intervención temprana, se puede prevenir el desarrollo de la tartamudez y cuanto más temprana, mejores son los resultados a largo plazo. Por otro lado, los Logopedas precisan una formación técnica en el tratamiento de la Disfemia como necesidad para tratar convenientemente y con la máxima eficacia este trastorno.

 

En los casos más resistentes, la intención del tratamiento no puede ser un habla completamente fluente, sino un habla más fluente, con una tartamudez más suave, una buena intención comunicativa y el control de la conducta de esfuerzo. Se logran prevenir también en buena medida las complicaciones características de la tartamudez, como es el caso del desajuste y deterioro social, académico y laboral que la tartamudez crónica suele comportar.

 

En los niños mayores, adolescentes y adultos, se pueden plantear dos tipos de enfoque terapéutico en el contexto de la terapia de habla: la modificación del habla y corrección de la tartamudez, planteando como objetivo lograr un habla fluida; o más bien la desensibilización respecto a la falta de fluidez procurando alcanzar una tartamudez más fluida, con tolerancia y aceptación de ella.

 

Lo que queda claro es que una intervención temprana y adecuada permite eliminar o reducir los síntomas, así como las consecuencias psicológicas e interpersonales que se derivan de estos.

 

En nuestro próximo artículo aportaremos pautas a tener en cuenta, para favorecer un habla fluida en los niños y niñas que presentan algún tipo de bloqueo.

 

 


 

Patricia Suárez Expósito

Especialista del CLPMA